
Mientras la ciudad se cae a pedazos, Jacobo va de alcalde a patrulla espiritual
En medio de una ciudad con serias deficiencias en servicios básicos como el agua potable, alumbrado público, vialidades en ruinas y una creciente ola de robos, el alcalde de Piedras Negras, Jacobo Rodríguez, decidió asumir un rol que dista mucho de sus responsabilidades como servidor público. Durante un recorrido reciente junto a su homólogo del municipio de Nava, el edil decidió “atender” personalmente un caso de un joven de 24 años con problemas de adicciones, ordenando su traslado por parte de Seguridad Pública, en un acto que más bien pareció un espectáculo improvisado de redención moral que una política pública real.
Lo preocupante no es la atención al joven —que sin duda requiere apoyo profesional y humano— sino el uso de recursos institucionales para aparentar sensibilidad social sin ofrecer soluciones estructurales. En lugar de fortalecer centros de rehabilitación, crear programas municipales sólidos o articular esfuerzos con salud mental y bienestar social, el alcalde opta por una salida simbólica, con cámaras y luces, mientras los verdaderos problemas de la ciudad siguen sin resolverse.
La situación resulta aún más alarmante si se consideran los múltiples reportes ciudadanos que diariamente evidencian fallas graves en la ciudad: colonias enteras sin alumbrado, fugas de agua sin reparar, calles plagadas de baches y un repunte en robos y actos de vandalismo. Frente a este panorama, parece inverosímil que el alcalde prefiera convertirse en una especie de “pastor comunitario” en lugar de asumir su función como responsable de gobernar con seriedad y visión.
Piedras Negras necesita acciones contundentes, no dramatismos. Necesita agua, seguridad, empleo, y servicios públicos dignos. Lo que vimos durante ese recorrido no fue una estrategia contra las adicciones, sino un show mediático que reduce un problema de salud pública a un acto simbólico con fines políticos. Si el alcalde quiere verdaderamente ayudar, que empiece por cumplir con lo que su ciudad le exige: gobernar, no predicar.



